miércoles, 24 de agosto de 2022
Cuentos Cortos
vvAutor:
Irene Hernández
Edades:
Todas las edades
Valores:
generosidad, perdonar, egoísmo
Érase una vez, un conejito, una ardilla y un ratón que vivían en una aldea muy soleada del bosque. Casi siempre brillaba el sol y todos los animalitos salían a jugar entre las flores y los arbustos con sus juguetes.
El conejito tenía una pelota con la que jugaban a muchos juegos divertidos, la ardilla tenía una cuerda con la que todos saltaban a la comba y el ratón tenía unos cuentos que leía a sus amiguitos cuando todos descansaban después de jugar.
Pasaban las tardes jugando y siempre estaban riendo. Nunca se enfadaban unos con otros, se ayudaban en todo lo que podían y les gustaba compartir sus juguetes y divertirse juntos. Pero un día, todo cambió…
Una familia de animalitos llegó a la aldea. Eran unas tortugas que venían de otro lugar y que buscaban un nuevo sitio donde vivir. La tortuga más pequeña era de la misma edad que ellos y tenía un juguete que nunca habían visto por la aldea. Era un juguete volador con una forma muy extraña. La tortuguita lo hacía volar por toda la aldea mientras los animalitos miraban extrañados. Hasta que un día todos se acercaron a preguntar:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¿Qué es ese juguete?
La tortuguita los miró y respondió:
Es una cometa voladora
El conejito, la ardilla y el ratón se sorprendieron de ver aquella cometa y todos querían jugar con aquel juguete tan divertido así que le dijeron:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¿Quieres venir a jugar con nosotros y enseñarnos cómo jugar con tu cometa?
Pero la tortuga, muy enfadada, les dijo:
¡No! La cometa es sólo mía. Vosotros no podéis jugar con ella.
Todos los animalitos se entristecieron y se fueron a jugar con sus juguetes mientras veían como la tortuga se divertía con su cometa voladora. No entendían por qué la tortuguita no quería jugar con ellos.
Todas las tardes salían juntos a jugar con la pelota del conejito y la cuerda de la ardilla y siempre terminaban escuchando los cuentos del ratón. La tortuguita no se acercaba a ellos y jugaba sola con su cometa.
Un día, mientras todos los animalitos jugaban juntos, observaron como la tortuga se divertía con su cometa, pero algo ocurrió. De repente, la cometa salió volando y se fue muy muy muy muy lejos y la tortuguita se quedó triste porque no la encontraba por ningún sitio.
El conejito, la ardilla y el ratón vieron como la tortuguita se iba a su casa triste y se dieron cuenta de que en los días siguientes la tortuguita no salió a jugar como acostumbraba.
Todos los animalitos pensaron que la tortuga estaría muy disgustada porque había perdido su juguete así que pensaron que entre todos podrían hacer algo para ayudarla. Una tarde, en vez de salir a jugar con sus juguetes, decidieron salir a buscar la cometa de la tortuguita. Buscaron y buscaron y pidieron ayuda a todos los animalitos del lugar para encontrarla lo más rápido posible hasta que por fin vieron que la cometa estaba en un árbol.
Llamaron a los pajaritos de la aldea para que volaran hasta la cima del árbol y entre todos consiguieron la cometa voladora así que, muy contentos, fueron a buscar a la tortuguita para darle una gran sorpresa.
Cuando llegaron a la casa de la tortuga, todos la llamaron para que saliera:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¡Sal con nosotros! ¡Tenemos una sorpresa para ti!
La tortuga y la cometa voladora
Autor:
Irene Hernández
Edades:
Todas las edades
Valores:
generosidad, perdonar, egoísmo
Érase una vez, un conejito, una ardilla y un ratón que vivían en una aldea muy soleada del bosque. Casi siempre brillaba el sol y todos los animalitos salían a jugar entre las flores y los arbustos con sus juguetes.
El conejito tenía una pelota con la que jugaban a muchos juegos divertidos, la ardilla tenía una cuerda con la que todos saltaban a la comba y el ratón tenía unos cuentos que leía a sus amiguitos cuando todos descansaban después de jugar.
Pasaban las tardes jugando y siempre estaban riendo. Nunca se enfadaban unos con otros, se ayudaban en todo lo que podían y les gustaba compartir sus juguetes y divertirse juntos. Pero un día, todo cambió…
Una familia de animalitos llegó a la aldea. Eran unas tortugas que venían de otro lugar y que buscaban un nuevo sitio donde vivir. La tortuga más pequeña era de la misma edad que ellos y tenía un juguete que nunca habían visto por la aldea. Era un juguete volador con una forma muy extraña. La tortuguita lo hacía volar por toda la aldea mientras los animalitos miraban extrañados. Hasta que un día todos se acercaron a preguntar:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¿Qué es ese juguete?
La tortuguita los miró y respondió:
Es una cometa voladora
El conejito, la ardilla y el ratón se sorprendieron de ver aquella cometa y todos querían jugar con aquel juguete tan divertido así que le dijeron:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¿Quieres venir a jugar con nosotros y enseñarnos cómo jugar con tu cometa?
Pero la tortuga, muy enfadada, les dijo:
¡No! La cometa es sólo mía. Vosotros no podéis jugar con ella.
Todos los animalitos se entristecieron y se fueron a jugar con sus juguetes mientras veían como la tortuga se divertía con su cometa voladora. No entendían por qué la tortuguita no quería jugar con ellos.
Todas las tardes salían juntos a jugar con la pelota del conejito y la cuerda de la ardilla y siempre terminaban escuchando los cuentos del ratón. La tortuguita no se acercaba a ellos y jugaba sola con su cometa.
Un día, mientras todos los animalitos jugaban juntos, observaron como la tortuga se divertía con su cometa, pero algo ocurrió. De repente, la cometa salió volando y se fue muy muy muy muy lejos y la tortuguita se quedó triste porque no la encontraba por ningún sitio.
El conejito, la ardilla y el ratón vieron como la tortuguita se iba a su casa triste y se dieron cuenta de que en los días siguientes la tortuguita no salió a jugar como acostumbraba.
Todos los animalitos pensaron que la tortuga estaría muy disgustada porque había perdido su juguete así que pensaron que entre todos podrían hacer algo para ayudarla. Una tarde, en vez de salir a jugar con sus juguetes, decidieron salir a buscar la cometa de la tortuguita. Buscaron y buscaron y pidieron ayuda a todos los animalitos del lugar para encontrarla lo más rápido posible hasta que por fin vieron que la cometa estaba en un árbol.
Llamaron a los pajaritos de la aldea para que volaran hasta la cima del árbol y entre todos consiguieron la cometa voladora así que, muy contentos, fueron a buscar a la tortuguita para darle una gran sorpresa.
Cuando llegaron a la casa de la tortuga, todos la llamaron para que saliera:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¡Sal con nosotros! ¡Tenemos una sorpresa para ti!
La tortuga salió con el resto de su familia y todos vieron que los animalitos de la aldea habían tenido un gesto muy bello con ellos. La tortuguita, muy feliz, dijo:
¡Es mi cometa voladora! ¡La habéis encontrado!
Los animalitos devolvieron a la tortuguita su juguete tan preciado y muy contentos por lo que habían hecho fueron a jugar.
La tortuguita se quedó jugando con su cometa hasta que sus papás se acercaron y le dijeron:
Tortuguita, los animalitos de la aldea te han ayudado a encontrar tu cometa y se han portado muy bien contigo. ¿Por qué no juegas con ellos y les dejas jugar con ella?
La tortuguita se dio cuenta de que sería mucho más divertido jugar con el resto de animalitos y que a todos los animalitos les haría muy feliz jugar con su cometa voladora así que se acercó a ellos y les agradeció el bonito gesto que habían tenido.
Desde ese momento, todos los animalitos de la aldea jugaron con la tortuguita y compartieron sus juguetes y la tortuga, muy feliz, les enseñó a jugar con su cometa voladora.
Puntuación media: 8,5 (9951 votos)
Tu puntuación:
Análisis de sus valores
Este cuento nos habla de algo importante para los niños como es la generosidad. Lo hace a través de los animales de la aldea, que compartían sus juguetes entre ellos y también a través de la tortuguita de la cometa voladora, que hacía todo lo contrario y se mostraba egoísta con el resto de los animales. Los niños entenderán que el egoísmo sólo les puede llevar a sentirse sólos - como le ocurre a la tortuga cuando pierde la cometa y no tiene con quien jugar - y que compartiendo serán mucho más felices.
El cuento también nos da un bonito ejemplo de perdón cuando nos cuenta que el resto de animales ayudan a la tortuguita a recuperar su cometa sin importarles el hecho de que ésta hubiese sido egoísta y no hubiera querido compartir con ellos su juguete.
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El Hada Fea
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El Hada Fea
Autor:
Eva María Rodríguez
Edades:
A partir de 6 años
Valores:
bondad, no juzgar por las apariencias, perdonar
Las hadas, por lo general, son criaturas bellas, dulces, amables y llenas de amor. Pero hubo una vez un hada que no eran tan hermosa. La verdad, es que era horrible, tanto, que parecía una bruja.
El Hada Fea vivía en un bosque encantado en el que todo era perfecto, tan perfecto que ella no encajaba en el paisaje, por eso se fue a vivir apartada en una cueva del rincón más alejado del bosque. Allí cuidaba de los animalitos que vivían con ella, y disfrutaba de la compañía de los niños que la visitaban para escuchar sus cuentos y canciones. Todos la admiraban por su paciencia, la belleza de su voz y la dedicación que prestaba a todo lo que hacía. Para los niños no era importante en absoluto su aspecto.
- Hada, ¿por qué vives apartada? -le preguntaban los niños.
-Porque así vivo más tranquila -contestaba ella.
No quería contarles que en realidad era porque el resto de las hadas la rechazaban por su aspecto.
Un día llegó una visita muy especial al bosque encantado. Era la reina suprema de todas las hadas del universo: el Hada Reina. La cual estaba visitando todos los reinos, países, bosques y parajes donde vivían sus súbditos para comprobar que realmente cumplían su misión: llevar la belleza y la paz allá donde estuvieran.
Para comprobar que todo estaba en orden, el Hada Reina lanzaba un hechizo muy peculiar, que ideaba en función de lo que observaba en cada lugar.
-Ilustrísima Majestad-dijo el Hada Gobernadora de aquel bosque encantado-. Podéis ver que nuestro bosque encantado es un lugar perfecto donde reina la belleza y la armonía.
-Veo que así parece -dijo el Hada Reina-. Veamos a ver si es verdad. Yo conjuro este lugar para que en él reinen los colores más hermosos si lo que decís es verdad, o para que desaparezca el color si realmente hay algo feo aquí.
Pero en ese momento, el bosque encantado empezó a quedarse sin colores, y todo se volvió gris.
-Parece que no es verdad lo que me decís -dijo el Hada Reina-. Tendréis que buscar el motivo de que vuestro hogar haya perdido el color. Cuando lo hagáis, este bosque encantado recuperará todo su brillo y esplendor. Sólo cuando la auténtica belleza viva entre vosotras este lugar volverá a ser perfecto.
Tras la visita del Hada Reina se reunieron urgentemente todas las hadas del consejo del bosque encantado.
-Esto es cosa del Hada Fea -dijo una de las hadas del consejo-. Ella es la culpable.
-Vayamos a buscarla -dijo el Hada Gobernadora del bosque -. Hay que expulsarla de aquí.
Todas las hadas fueron en busca del Hada Fea. Cuando la encontraron le pidieron que se marchara. La pobre Hada Fea, pensando que era la culpable, se marchó.
Pero cuando cruzó las fronteras del bosque, éste dejó de ser gris y pasó a ser de color negro.
Mientras los niños se enteraron de la noticia fueron rápidamente a hablar con el resto de las hadas muy enfadados.
-¿Qué habéis hecho? ¿Por qué le habéis echado de aquí? -decían llorando los niños -. Puede que el Hada Fea no sea muy bonita, pero es mucho mejor que vosotras.
-¡Dejadla que vuelva a entrar! Ella es buena y cariñosa, y no como vosotras que sois presumidas y egoístas. No es el Hada Fea quien hace feo este lugar sino vuestro egoísmo.
El Hada Fea no andaba muy lejos del bosque y al escuchar a los niños gritar enfadados volvió para ver qué ocurría.
-Niños, ¿qué ocurre? -dijo el Hada Fea entrando de nuevo en el bosque.
Los niños corrieron a abrazarla. Todos menos uno, que se quedó con la boca abierta.
- ¡Mirad eso! -dijo el niño. El suelo que acaba de pisar el Hada Fea ha recuperado su color, y también las flores que tiene a su lado.
El resto de hadas comprendieron en ese momento lo equivocadas que habían estado.
-Hada Fea, perdónanos -dijo el Hada Gobernadora-. Pensábamos que estropeabas nuestro bosque y no hemos sido capaces de ver que éramos nosotras quienes lo hacíamos siendo injustas contigo. Tienes un corazón es bueno y puro. Te pedimos que nos disculpes por favor.
El Hada Fea perdonó a sus hermanas y las acompañó por todo el bosque. Todo el mundo pudo admirar el gran corazón de aquel hada que, aunque tenía una cara muy fea, emocionaba a todos con su belleza interior.
Puntuación media: 8,5 (16008 votos)
Tu puntuación:
Análisis de sus valores
La historia del Hada Fea sirve para que los niños entiendan que no pueden juzgar a los demás por su aspecto. Si lo hacen puede ocurrirles como al resto de las hadas del bosque y equivocarse profundamente.
Además el cuento trata otros valores importantes como son la bondad, reflejada en el Hada Fea, y también el arrepentimiento. Este último en el momento en que las hadas cuando son conscientes de lo equivocadas que habían estado y se disculpan. Por último cierra la historia recordando a los niños que deben perdonar a quienes se porten mal con ellos.
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El patito feo
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El patito feo
Autor:
Hans Christian Andersen
Edades:
A partir de 4 años
Valores:
humildad, bondad, no juzgar por las apariencias
Todos esperaban en la granja el gran acontecimiento. El nacimiento de los polluelos de mamá pata. Llevaba días empollándolos y podían llegar en cualquier momento.
El día más caluroso del verano mamá pata escuchó de repente…¡cuac, cuac! y vio al levantarse cómo uno por uno empezaban a romper el cascarón. Bueno, todos menos uno.
- ¡Eso es un huevo de pavo!, le dijo una pata vieja a mamá pata.
- No importa, le daré un poco más de calor para que salga.
Pero cuando por fin salió resultó que ser un pato totalmente diferente al resto. Era grande y feo, y no parecía un pavo. El resto de animales del corral no tardaron en fijarse en su aspecto y comenzaron a reírse de él.
- ¡Feo, feo, eres muy feo!, le cantaban
Su madre lo defendía pero pasado el tiempo ya no supo qué decir. Los patos le daban picotazos, los pavos le perseguían y las gallinas se burlaban de él. Al final su propia madre acabó convencida de que era un pato feo y tonto.
- ¡Vete, no quiero que estés aquí!
El pobre patito se sintió muy triste al oír esas palabras y escapó corriendo de allí ante el rechazo de todos.
Acabó en una ciénaga donde conoció a dos gansos silvestres que a pesar de su fealdad, quisieron ser sus amigos, pero un día aparecieron allí unos cazadores y acabaron repentinamente con ellos. De hecho, a punto estuvo el patito de correr la misma suerte de no ser porque los perros lo vieron y decidieron no morderle.
- ¡Soy tan feo que ni siquiera los perros me muerden!- pensó el pobre patito.
Continuó su viaje y acabó en la casa de una mujer anciana que vivía con un gato y una gallina. Pero como no fue capaz de poner huevos también tuvo que abandonar aquel lugar. El pobre sentía que no valía para nada.
Un atardecer de otoño estaba mirando al cielo cuando contempló una bandada de pájaros grandes que le dejó con la boca abierta. Él no lo sabía, pero no eran pájaros, sino cisnes.
- ¡Qué grandes son! ¡Y qué blancos! Sus plumas parecen nieve .
Deseó con todas sus fuerzas ser uno de ellos, pero abrió los ojos y se dio cuenta de que seguía siendo un animalucho feo.
Tras el otoño, llegó el frío invierno y el patito pasó muchas calamidades. Un día de mucho frío se metió en el estanque y se quedó helado. Gracias a que pasó por allí un campesino, rompió el frío hielo y se lo llevó a su casa el patito siguió vivo. Estando allí vio que se le acercaban unos niños y creyó que iban a hacerle daño por ser un pato tan feo, así que se asustó y causó un revuelo terrible hasta que logró escaparse de allí.
E l resto del invierno fue duro para el pobre patito. Sólo, muerto de frío y a menudo muerto de hambre también. Pero a pesar de todo logró sobrevivir y por fin llegó la primavera.
Una tarde en la que el sol empezaba a calentar decidió acudir al parque para contemplar las flores, que comenzaban a llenarlo todo. Allí vio en el estanque dos de aquellos pájaros grandes y blancos y majestuosos que había visto una vez hace tiempo. Volvió a quedarse hechizado mirándolos, pero esta vez tuvo el valor de acercarse a ellos.
Voló hasta donde estaban y entonces, algo llamó su atención en su reflejo. ¿Dónde estaba la imagen del pato grande y feo que era? ¡En su lugar había un cisne! Entonces eso quería decir que… ¡se había convertido en cisne! O mejor dicho, siempre lo había sido.
Desde aquel día el patito tuvo toda la felicidad que hasta entonces la vida le había negado y aunque escuchó muchos elogios alabando su belleza, él nunca acabó de acostumbrarse.
Puntuación media: 8,6 (105122 votos)
Tu puntuación:
Análisis de sus valores
Este cuento nos habla de la importancia de no juzgar a las personas por su apariencia, porque tal y como ocurre con el patito, podemos equivocarnos. Por otro lado, resulta interesante que el patito a pesar de sufrir humillaciones constantes, nunca desea vengarse ni hacer daño a quien se lo hace a él. El último de los valores que pone encima de la mesa este cuento es la humildad, pues aunque el patito acaba convirtiéndose en un espectacular cisne, eso no lo vuelve arrogante y continúa dando a la belleza un valor secundario.
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Timón, el pequeño jugador
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Timón, el pequeño jugador
Autor:
Irene Hernández
Edades:
Todas las edades
Valores:
superación, no juzgar por las apariencias, respeto, aceptación
Timón era un niño muy bajito que tenía diez años. Era tan bajito que en la escuela tenía un pupitre más pequeño que el de los demás, se vestía con la ropa de su hermano de seis años y usaba una bicicleta más chiquitita que las de los niños de su edad.
Nadie sabía por qué Timón no crecía más, pero a él no le importaba porque ser bajito también tenía sus cosas buenas. Tan solo se sentía triste en el colegio, donde todos los niños se burlaban de él.
Nunca querían jugar con él a nada y, en clase, cada vez que la profesora lo llamaba se reían de él porque no llegaba a la pizarra y tenía que subirse a una silla.
Timón muchas veces se sentía mal, porque sus compañeros no se daban cuenta de que él no era el único diferente. Por ejemplo había otro chico que era tan alto que podía tocar los árboles más altos con las manos, otro con unas gafas enormes porque casi no veía y otro tan delgado que tenía que darle dos vueltas al cinturón. Cada uno de los niños tenía alguna característica diferente y eso lo hacía mucho más divertido, pero para los niños lo único divertido era burlarse del pobre Timón.
Un día, mientras estaban en el recreo, Timón estaba sólo comiéndose un bocadillo y, cuando lo terminó, decidió hablar con sus compañeros para preguntarles si querían jugar con él.
- Estamos jugando a las carreras. Tu, como tienes las piernas tan cortitas, no puedes correr rápido – le dijo Manuel, el cabecilla del grupo
Timón se dio la vuelta y volvió a quedarse sólo hasta que, al día siguiente, vio que sus compañeros jugaban al fútbol y se acercó para preguntar si podía jugar con ellos.
- Timón, tu no vales para jugar al fútbol. ¡Contigo en el equipo perderemos seguro! – le volvió a decir Manuel
Entonces, Timón se volvió a marchar solo a una esquina del recreo.
Esa misma tarde, su hermano se encontró una pelota de baloncesto y, cuando llegó a casa, le dijo:
- Timón, ¡Mira lo que me he encontrado! ¿Quieres jugar al baloncesto conmigo?
Timón, que no había jugado nunca al baloncesto, se puso muy contento. Los dos hermanos empezaron a jugar, cuando, de repente, los dos se dieron cuenta de que Timón encestaba todas las pelotas a la primera.
Resultó que Timón tenía muchísima fuerza en los brazos y podía encestar la pelota desde la otra punta de la pista incluso.
Al día siguiente, los niños del colegio estaban jugando al baloncesto, así que Timón, muy contento, se acercó para jugar con ellos.
- ¿Puedo jugar con vosotros? Soy muy bueno encestando la pelota
- ¡Jajajajaja! Un niño tan pequeño como tú no puede jugar al baloncesto – dijo Manuel
- ¡Sí que puedo! Y además lo hago muy bien. Déjame la pelota y te lo demostraré.
Pero Manuel se echó a reír y continuó jugando con sus amigos sin darle a Timón la opción de intentarlo.
T imón volvió a quedarse solo, pero, justo en ese momento, levantó la cabeza y vio un cartel que anunciaba un concurso de triples.
Timón no se lo pensó dos veces. Quería jugar y demostrar a sus compañeros y especialmente a Manuel, que aunque fuera más bajito que los demás no se merecía que le dejaran de lado.
Por fin llegó el concurso. Tenían que lanzar la pelota diez veces y ganaría el que más balones encestara. Todos fueron probando pero nadie lograba hacer un diez. Hasta que por fin llegó el turno de Timón.
- ¡Timón, con tu estatura no vas a encestar ni una! – le gritaban
Pero Timón se armó de valor y lanzó todas las pelotas sin fallar ni una. Fue el primero en conseguir el diez y todos se quedaron boquiabiertos.
Timón ganó el primer premio y demostró a todos sus compañeros que ser bajito no le impedía hacer las mismas cosas que los demás. Éstos se disculparon por su comportamiento y nunca jamás volvieron a meterse con él. Análisis de sus valores
La historia de Timón enseña a los niños a que deben aceptarse tal y como son, con las cosas que los hacen diferentes al resto. Esto incluye por supuesto, respetar al que es diferente. Algo que tristemente no ocurre en el cuento hasta el final.
El cuento enseña a los más pequeños también a no juzgar a alguien sólo por su apariencia. Ya que como le ocurre a Timón, a quien todos los niños creían incapaz de jugar al baloncesto, acaba demostrando que sí lo es.
Los músicos de Bremen
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Los músicos de Bremen
Cuentos clásicos
Autor:
Hermanos Grimm
Edades:
A partir de 3 años
Valores:
trabajo en equipo, superación
Había una vez un campesino que tenía un asno. Durante mucho tiempo le había servido para llevar los sacos de trigo al molino, pero el asno se empezó a hacer viejo e inservible y el amo pensó en deshacerse de él. El asno no era tonto, y como sabía de las intenciones de su amo se escapó rumbo a Bremen para tratar de hacer carrera como músico, ya que el animal tocaba el laúd.
En su camino se tropezó con un perro cazador que jadeaba agotado.
- ¿Todo bien amigo?
- Sí, sí tranquilo. Intentaba escaparme de mi amo, que quiere matarme porque soy viejo y ya no le sirvo para ir de caza.
- ¿Por qué no te vienes conmigo? Voy camino de Bremen, donde pienso ganarme la vida como músico. Juntos podríamos formar una banda… tu podrías tocar los timbales. ¿Qué te parece?
El asno convenció al perro y continuaron su camino juntos. Al poco, se encontraron con un gato con mala cara.
- ¿Qué te pasa minino? - preguntó el asno
- Que no tengo adónde ir. Mi ama ha tratado de ahogarme porque estoy viejo y me paso el día tirado junto al fuego.
- ¿Y por qué no te unes a nosotros? Vamos a Bremen, a formar una banda de música.
El gato dijo que no sabía mucho de música, pero como no se le ocurría nada mejor aceptó y se unió al asno y al perro. Más adelante dieron con un gallo que gritaba con todas sus fuerzas.
- ¿Por qué gritas gallo? - dijo el asno
- Porque mi ama va a echarme a la cazuela esta noche. Por eso grito mientras estoy vivo.
- Anda, no malgastes tu tiempo y vente con nosotros. Vamos a Bremen y tienes buena voz así que eres perfecto para nuestra banda de música.
Continuaron caminando los cuatro animales todo lo que pudieron pero no llegaron esa misma noche a Bremen. No sabían dónde pasar la noche cuando vieron luz en una casa al otro lado del bosque y decidieron acercarse. Vieron a un grupo de ladrones a punto de darse un gran festín de comida y con el hambre que tenían decidieron que tenían que hacer algo para echar de la casa a los ladrones.
El asno se colocó junto a la ventana, el perro se subió encima del asno, el gato encima del perro y el gallo encima de la cabeza del gato. Así, unos encima de otros, empezaron a rebuznar, ladrar, maullar y cantar con toda su alma. Rompieron incluso la ventana y armaron tal estruendo que los ladrones huyeron creyendo que se trataba de algún fantasma.
Los animales cenaron hasta que ya no pudieron más y se echaron a dormir. El asno eligió el estiércol, el perro se fue detrás de la puerta, el gato prefirió las cenizas del hogar y el gallo se puso encima de una viga.
A media noche uno de los ladrones, viendo a lo lejos que la casa parecía en calma se armó de valor y decidió volver.
Pero cuando llegó la casa estaba a oscuras, confundió los ojos del gato con las brasas del hogar, acercó una cerilla y el gato le arañó la cara, fue hacia la puerta y le mordió el perro en la pierna, salió corriendo fuera de la casa, pisó el estercolero y el asno le dio una coz y justo en ese momento el gallo empezó a cantar desde la viga ¡¡Kirikíi!!
El ladrón corrió todo lo rápido que pudieron sus pies y cuando llegó le contó a sus compañeros:
- ¡En la casa hay una bruja que me ha arañado la cara, detrás de la puerta un hombre con un cuchillo que me lo ha clavado en la pierna, y fuera un monstruo que me ha golpeado con un terrible mazo!! Y encima del tejado un juez que gritaba ¡Traedme el ladrón aquí!
Tras esto a los ladrones ni se les ocurrió volver a pisar esa casa y los músicos de Bremen todavía siguen allí.
Puntuación media: 8,5 (9391 votos)
Tu puntuación:
Análisis de sus valores
Este cuento de los hermanos Grimm nos muestra por un lado el valor de la superación, a través del ejemplo de tres animales, que sabiéndose viejos para realizar sus antiguos trabajos no pierden la esperanza de volver a ser útiles y se embarcan en un viaje a Bremen. Por otro lado, el cuento nos habla del valor del trabajo en equipo, ya que gracias a ese trabajo conjunto y esa colaboración que realizan los cuatro animales, logran cumplir su objetivo de expulsar a los ladrones de la casa.
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Autor:
Silvia García
Edades:
A partir de 4 años
Valores:
trabajo en equipo, esfuerzo, deportividad
Jacobo no entendía por qué tenía que pasar las tardes al sol con el abuelo sentados en una grada viendo a Enrique jugar con un balón. No había muchos niños de su edad y el abuelo solo miraba y no hablaba.
Deseaba poder ir al parque, corretear entre los columpios y no estar viendo aburrido como su hermano disfrutaba con sus amigos, jugaba a extraños juegos de mayores y cumplía un montón de normas.
Esa mañana parecía ser diferente a otras, vio a Enrique caminar de un lado para otro nervioso por su habitación. Le preguntó qué le pasaba y le contestó que hoy era su primer partido y tenía que jugar muy bien. Jacobo no entendía nada ¿primer partido? ¿y todas esas tardes en el campo?
Cuando llegó la tarde y se vio nuevamente sentado con el abuelo decidió consultarle sus dudas:
- Abuelo, ¿esto del fútbol es bueno? ¿Es tan divertido como dice Enrique? A mí también me gustaría jugar con la pelota pero en el jardín, porque aquí me aburro.
- No es lo mismo jugar solo que en el jardín – Se rió el abuelo divertido – Mira, fíjate bien y yo te iré explicando lo que pasa.
Empezó el partido, los minutos fueron pasando y cuando el árbitro pitó al final del partido Jacobo era incapaz de despegar los ojos de su hermano. En ese fantástico partido había visto a Enrique marcar un gol arrastrando un balón que parecía movido por el viento, entregó la pelota al contrario por levantar a un compañero del suelo, no hizo caso a un niño que le insultó al oído y después de todo eso el abuelo le dijo que habían perdido.
Jacobo seguía sin entender nada porque veía a su hermano abrazarse feliz a sus compañeros, darse la mano todos juntos.
Cuando Enrique fue hacia la grada donde estaban su hermano y su abuelo y los abrazó a los dos feliz diciéndoles:
- No hay nada como jugar en equipo y hemos jugado muy bien. ¡Como me gusta jugar al fútbol!
Jacobo entendió entonces que cuando algo hace a uno sentirse tan bien, tiene que ser bueno sin duda
La gran final
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La gran final
Cuentos originales
Autor:
Eva María Rodríguez
Edades:
A partir de 8 años
Valores:
respeto, honestidad, deportividad
Adam y Jon eran compañeros de colegio desde el primer curso. Siempre habían sido buenos amigos, jugaban juntos al fútbol y se lo pasaban muy bien. Adam era un excelente deportista; sin embargo, Jon era bastante torpe en los deportes, aunque le daba lo mismo, y pese a eso siempre aceptaba jugar con Adam, aunque perdiera siempre.
A Adam esto de ganar siempre le empezó a gustar. Así que entrenaba muy duro para que nadie le venciera. Pero empezó a tomarse los partidos muy en serio y cambio mucho; tanto que, cuando jugaban en equipo, jugaba sucio haciendo muchas faltas y trampas para ganar siempre. A Adam ya no le gustaba jugar con Jon.
- ¿Puedo jugar en tu equipo Adam?
- No Jon, eres demasiado malo. Mejor sigue jugando en tu equipo, así es más fácil ganar el partido.
A Jon le dolían las palabras de su antiguo amigo pero pese a eso él seguía jugando y esforzándose por superar sus limitaciones.
Un día llegó al colegio la noticia de que iban a competir en el campeonato nacional de jóvenes futbolistas. Pero solo podía ir un equipo representando a cada colegio. Al final, como en los dos equipos había buenos jugadores decidieron unirse para el campeonato. Adam fue elegido capitán y enseñó a sus compañeros todas sus estrategias y sus trampas para ganar. Y así, jugando sucio, es como ganaron todos los partidos hasta que llegó el día de la gran final.
Como era de esperar, Jon se pasó todos los partidos en el banquillo. Pero lo que no esperaba nadie es que el equipo contra el que iban a jugar la final hiciera más trampas y jugara más sucio que el equipo de Adam. Nada más empezar, se lanzaron sobre el tobillo del capitán para lesionarlo y que no pudiera jugar más.
- ¡Qué vamos a hacer! -se lamentaban todos.
- Sin Adam no somos nada, perderemos seguro -decía uno.
- Mejor será que nos rindamos ahora, antes de que nos lesionemos todos -decía otro.
- ¡Ni hablar! -Jon se levantó con la intención de no permitir que se retiraran.
- ¿Qué dices? -le dijo Adam con desprecio-. ¿No has visto lo que me han hecho? ¡Son unos tramposos!
- Pero no más que tú -dijo Jon -. Tal vez sean más brutos y más despiadados, eso sí. Pero tengo una idea.
Jon les explicó las estrategias que seguía para evitar los golpes y las trampas cuando jugaba contra Adam y les animó a jugar para demostrarles que nadie podía asustarles.
- Está bien, jugad -dijo Adam -. Pero si Jon es tan listo, que sea el capitán -añadió con burla.
Todos aceptaron y jugaron el partido mientras Adam se reía del fracaso de sus compañeros, que no metían gol ni en propia puerta.
C uando el equipo contrario vio el esfuerzo que estaban haciendo por jugar limpio decidieron hacer lo mismo ellos también.
Fue un partido alucinante, de esos que pasan a la historia. Y cuando terminó el partido todos se sintieron muy orgullosos, incluso el equipo de Jon, que perdió por goleada.
- ¿Por qué estáis tan contentos? -preguntó Adam -.¡Habéis perdido! ¡Sois el hazmereir de todo el país!
- No Adam, te equivocas -dijo Jon -. Hemos demostrado que es posible jugar limpio y hemos conseguido también que nuestros rivales nos respeten y acepten jugar limpio por decisión propia. Además, hemos disfrutado muchísimo, porque no nos hemos preocupado tanto por ganar como haces tú, sino por ofrecer un buen juego.
Adam aprendió la lección y se disculpó con Jon, que le perdonó de inmediato. Y todos juntos se fueron cantando:
“Hemos perdido, hemos perdido, pero nos hemos divertido”.
Puntuación media: 8,5 (4560 votos)
Tu puntuación:
Análisis de sus valores
Con esta historia los niños aprenderán que aunque ganar es divertido, no es lo más importante, especialmente cuando jueguen con sus amigos. El propio juego puede resultar tanto o más divertido si se juega sin trampas, con deportividad, honestidad, y por supuesto, respetando a nuestros compañeros (aunque no sean muy buenos como le ocurre al personaje de Jon) y también a nuestros rivales.
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Cuentos originales
Autor:
Eva María Rodríguez
Edades:
A partir de 6 años
Valores:
ingenio, humildad, honradez, honestidad
Había una vez un lechero que trabajaba duro para mantener a su familia. Todos los días se levantaba temprano para ordeñar las vacas y llevar la leche a la gente de la ciudad que había al otro lado del río donde estaba su granja.
Un día se le ocurrió que podría añadir un poco de agua a la leche y así podría sacar más dinero con el mismo esfuerzo. Y así lo hizo. Después de ordeñar las vacas, el lechero añadió un cacito de agua en cada cántaro antes de salir. Como vio que la gente apenas notaba la diferencia, empezó a añadir cada vez más agua, de modo que comenzó a ganar más y más dinero por la misma leche y en poco tiempo el lechero se hizo rico gracias a sus engaños.
Con el dinero que ganó, el lechero se compró una casa más grande, ropas elegantes e incluso joyas que lucía con descaro. La gente se empezó a preguntar cómo era posible que aquel lechero, de repente, pudiera permitirse comprar todas esas cosas.
En aquella ciudad vivía un viejo muy sabio que llevaba tiempo sospechando de las trampas del lechero, y decidió darle una lección.
El sabio echó en la fuente de la que manaba el agua de la ciudad unas gotas de un líquido especial que hacía que el agua cambiara de color al calentarse. Aunque no era venenoso la gente se asustó al ver que el agua se ponía verde. El viejo sabio no reveló sus planes, pero aconsejó a la gente solo tomaran leche mientras averiguaba qué ocurría.
Durante unos días, la gente de la ciudad sólo bebió la leche del lechero, que vio cómo su riqueza aumentaba.
Entonces, el viejo sabio echó las gotas en la fuente de la que el lechero sacaba el agua que añadía a la leche que vendía.
Cuando la gente de la ciudad vio que la leche se ponía verde igual que el agua, comprendieron que el lechero les había estado engañando y se había hecho rico vendiendo leche aguada.
La gente de la ciudad quería ir a casa del lechero para quitarle las riquezas que había ganado haciendo trampas, pero el viejo sabio les convenció para darle un escarmiento de otra forma.
- Tengo una idea mejor-dijo el viejo sabio a los miembros del consejo del pueblo-. Pondremos un cartel de aviso en la fuente diciendo que el agua está envenenada y que no se puede utilizar. Eso hará que el lechero crea que no puede añadir agua a su leche.
Cuando el lechero vio el cartel de la fuente sintió que el mundo se le venía encima. ¿Qué iba a hacer ahora? Efectivamente no le quedó más remedio que vender su leche sin aguar. Pero claro así no podía vender tantos litros como antes, así que empezó a ganar menos dinero. Y como no ganaba suficiente para mantener su nueva casa tuvo que venderla y volver a la granja donde había vivido siempre.
El lechero aprendió la lección y nunca más volvió a aguar la leche.
Puntuación media: 8,7 (1913 votos)
Tu puntuación:
Análisis de sus valores
Este cuento nos enseña lo importante que es ser honrados y decir la verdad. Nos muestra el ejemplo de un lechero que es todo lo contrario, pues es tan avaricioso que no duda en mentir y engañar a la gente del pueblo para así vender más leche y conseguir más dinero.
El ingenio del viejo sabio sirve para demostrar a todos lo mal que se había portado el lechero y a éste finalmente no le queda más remedio que renunciar a todo lo que había ganado.
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La ratita presumida
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La ratita presumida
Autor:
Anónimo
Edades:
A partir de 3 años
Valores:
humildad, amor, soberbia
Había una vez una ratita que era muy presumida. Estaba un día barriendo la puerta de su casa cuando se encontró con una moneda de oro. En cuanto la vio empezó a pensar lo que haría con ella:
- Podría comprarme unos caramelos… pero mejor no, porque me dolerá la barriga. Podría comprarme unos alfileres… no tampoco, porque me podría pincharme… ¡Ya sé! Me compraré una cinta de seda y haré con ella unos lacitos.
Y así lo hizo la ratita. Con su lazo en la cabeza y su lazo en la colita la ratita salió al balcón para que todos la vieran. Entonces apareció por ahí un burro:
- Buenos días ratita, qué guapa estás.
- Muchas gracias señor burro - dijo la ratita con voz presumida
- ¿Te quieres casar conmigo?
- Depende. ¿Cómo harás por las noches?
- ¡Hiooo, hiooo!
- Uy no no, que me asustarás
El burro se fue triste y cabizbajo y en ese momento llegó un gallo.
- Buenos días ratita. Hoy estás especialmente guapa, tanto que te tengo que pedir que te cases conmigo. ¿Aceptarás?
- Tal vez. ¿Y qué harás por las noches?
- ¡Kikirikíiii, kikirikíiiii! - dijo el gallo esforzándose por sonar bien
- ¡Ah no! Que me despertarás
Entonces llegó su vecino, un ratoncito que estaba enamorado de ella.
- ¡Buenos días vecina!
- Ah! Hola vecino! - dijo sin tan siquiera mirarle
- Estás hoy muy bonita.
- Ya.. gracias pero no puedo entretenerme a hablar contigo, estoy muy ocupada.
El ratoncito se marchó de ahí abatido y entonces llegó el señor gato.
- ¡Hola ratita!
- ¡Hola señor gato!
- Estás hoy deslumbrante. Dime, ¿querrías casarte conmigo?
- No sé… ¿y cómo harás por las noches?
- ¡Miauu, miauu!, dijo el gato con un maullido muy dulce
- ¡Claro que sí, contigo me quiero casar!
El día de antes de la boda el señor gato le dijo a la ratita que quería llevarla de picnic al bosque. Mientras el gato preparaba el fuego la ratita cogió la cesta para poner la mesa y…
-
¡Pero si la cesta está vacía! Y sólo hay un tenedor y un cuchillo… ¿Dónde estará la comida?
- ¡Aquíií! ¡Tú eres la comida! - dijo el gato abalanzándose sobre ella.
Pero afortunadamente el ratoncito, que había sospechado del gato desde el primer momento, los había seguido hasta el bosque. Así que al oír esto cogió un palo, le pegó fuego metiéndolo en la hoguera y se lo acercó a la cola del gato. El gato salió despavorido gritando y así logró salvar a la ratita.
- Gracias ratoncito
- De nada ratita. ¿Te querrás casar ahora conmigo?
- ¿Y qué harás por las noches?
- ¿Yo? Dormir y callar ratita, dormir y callar
Y la ratita y el ratoncito se casaron y fueron muy felices.
8,7 (37113 votos)
Tu puntuación:
Análisis de sus valores
Este cuento sirve para explicar a los niños lo negativo que es la soberbia. A través del ejemplo de la ratita, que es tan vanidosa que rechaza a todos sus pretendientes, y que por eso acaban saliéndole las cosas mal y a punto está de morir en las fauces del gato.
Por contra nos enseña también el valor del amor y la humildad, en este caso a través del personaje del ratoncito. Quien a pesar del rechazo de la ratita, la sigue hasta el bosque porque cree que puede estar en peligro y finalmente es quien acaba salvándola.
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Margarita La Amargada
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Margarita La Amargada
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Margarita La Amargada
Autor:
Eva María Rodríguez
Edades:
A partir de 8 años
Valores:
soberbia, arrogancia, aprendizaje
Margarita era un niña muy criticona a la que todo le parecía mal. Como siempre estaba enfadada se ganó el apodo de Margarita La Amargada, porque no había ni una pizca de dulzura ni en sus palabras ni en sus gestos.
Margarita se enfadaba si no podía ponerse sus vestidos o sus zapatos favoritos, y prefería fingir que estaba enferma y pasarse sola el día metida en casa sin hacer nada que ir al colegio con un conjunto que no fuera de su gusto.
Un día, Margarita se dio cuenta que no veía bien la pizarra, pero no dijo nada, porque por nada del mundo se iba ella a poner gafas. Los días pasaban y Margarita cada vez sacaba peores notas. Sus padres y profesores pensaron que era por su tozudez, sin darse cuenta que era su soberbia lo que le impedía reconocer que no veía bien.
A mediados de curso llegó a la clase de Margarita una niña nueva, pero Margarita no pudo verla bien de lejos. Aún así le pareció desagradable y fea. Ni mucho menos iba a reconocer Margarita los celos que sentía porque ese día la nueva era el centro de la clase en vez de ella con sus hermosos vestidos y sus increíbles adornos para el pelo.
Dispuesta a amargarle el día, Margarita esperó a la nueva en el lavabo. Cuando se abrió la puerta y entró la niña nueva acompañada de otras compañeras, Margarita esperó a que la nueva se lavara las manos. Entonces, mirándola a través del espejo, le dijo:
-Hay que ver qué pelo rubio tan mal peinado y tan sucio llevas. Y qué vestido verde tan horroroso. Esas flores son lo peor que he visto en mi vida. Y a ver si comes un poco menos, que parece que te estás poniendo fondona. Aunque tampoco se puede pedir mucho, con lo bajita y lo fea que eres.
-Margarita, qué desagradable eres -le dijo una de sus compañeras.
-Digo la verdad, ni más ni menos -dijo Margarita.
-Si no es por ella, es por ti -le dijo la niña-. La niña que has descrito no es nuestra nueva compañera, sino tú misma. Ella es más alta y está más delgada que tú, tiene el pelo pelirrojo atado en un coleta impecable. Además, no lleva vestido, sino unos pantalones vaqueros con una camisa a cuadros blancos y rojos.
Margarita, roja de ira, salió corriendo de allí. Sus compañeras, que la habían estado observando, se acercaron a ella. Una le dijo:
-¿Qué te pasa, Margarita? ¿A que no ves dos en un burro?
-¡No veo nada! -gritó Margarita.
-
Ya nos parecía a nosotras que esos nuevos vestidos que traes no son de tu estilo y que esa nueva forma de peinarte no encaja.
Las amigas de Margarita acompañaron a su compañera a casa y le contaron a su madre lo que pasaba.
-¿Por qué no contaste nada? -le dijo su mamá.
-No quiero llevar gafas. Son horribles -dijo Margarita.
Su mamá la miró muy seria y le dijo:
-Horrible es como sales últimamente de casa. Horribles son tus notas y horrible es tu actitud.
Margarita accedió a graduarse la vista y a ponerse gafas. Descubrió que había muchos modelos y que le daban un toque intelectual muy interesante.
Desde entonces, Margarita no está tan amargada y, como ve muy bien, puede disfrutar de muchas más cosas. Incluso de vez en cuando es capaz de decir alguna cosa agradable, cada día un poco más.
8,6 (2999 votos)
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El laberinto de los espejos
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El laberinto de los espejos
Autor:
Irene Hernández
Edades:
A partir de 6 años
Valores:
arrepentimiento, aprendizaje
Jimmy y Clara eran dos amigos a los que les gustaba mucho descubrir cosas nuevas. No les daba miedo nada y eran capaces de todo.
No tenían más amigos, eran bastante traviesos, no les gustaba demasiado estudiar y siempre andaban haciendo trastadas a los demás.
Un día se fueron al campo de excursión y se les hizo muy de noche, pero como no tenían miedo ni les importaba que sus padres se preocuparan por ellos, siguieron caminando, hasta que, de repente, vieron unas luces muy extrañas.
- Clara, ¿Has visto esos destellos?
- ¡Sí! ¡Corre Jimmy! ¡Veamos de qué se trata!
Los dos fueron a toda prisa hasta que por fin vieron de qué se trataba.
- ¡Mira eso! ¿Qué crees que es? – preguntó Clara
- ¡No tengo ni dea! Lo que está claro es que los destellos venían del reflejo que provocan estos espejos tan grandes…¡Entremos dentro! – contestó Jimmy
Una puerta se abrió ante ellos y, sin pensárselo dos veces, entraron.
Ninguno de los dos podía creer lo que veían sus ojos… Era un laberinto de espejos con un montón de puertas que se abrían y cerraban.
Atravesaron una de esas puertas y viajaron a toda velocidad en el tiempo.
- Clara, ¿eres tú?
- ¿Jimmy? ¡Pareces un abuelo!
Los niños habían viajado al futuro y se habían convertido en dos ancianitos hasta que cruzaron otra de las puertas y, una vez más, viajaron en el tiempo hasta convertirse en dos niños pequeños.
Una tercera puerta se abrió y, al cruzarla, aparecieron de nuevo en el campo.
Los espejos se empezaron a poner muy negros y oyeron una voz que decía:
El laberinto de los espejos desaparecerá y solo podréis volver a él cuando empecéis a hacer el bien...
Jimmy y Clara no entendían nada…Estuvieron pensando mucho, hasta que Clara se dio cuenta de algo:
- Jimmy, ¿Crees que el laberinto se refería a nuestras trastadas? La verdad es que siempre estamos disgustando a nuestros padres – dijo bastante arrepentida.
- ¡Anda ya! ¡Eso es una tontería! – Le contestó.
Al cabo de unos días los dos volvieron al lugar y cuando llegaron, el laberinto comenzó a aparecer de la nada.
Al intentar entrar, el laberinto solo dejó entrar a Clara, y Jimmy se dio cuenta de que quizá su amiga llevaba razón.
- ¡Laberinto! ¡Déjame entrar! ¡Yo también me arrepiento de haber sido tan malo! – gritó Jimmy.
Y al final los dos niños entraron en el laberinto y viajaron en el tiempo a cada uno de los momentos en los que habían sido muy traviesos para volver a hacer las cosas, pero esta vez, sólo para hacerlas bien.
8,5 (3028 votos)
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Los robos en las casas multicolores
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Los robos en las casas multicolores
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Los robos en las casas multicolores
Autor:
Silvia García
Valores:
arrepentimiento, comprensión, aprendizaje
En un pueblo conocido por sus casas multicolores estaban todos los vecinos enfadados y asustados porque todos los días le robaban algo a alguno de ellos. Unos días faltaba un reloj, otro día la nevera había quedado vacía, otro día el cartero no tenía la bicicleta, otro día la profesora Concha no tenía sus libros en la estantería. ¿Qué estaba sucediendo?
Nadie lo sabía, pero todos estaban suspicaces, porque veían que a Don Ernesto, el bibliotecario, nunca le faltaba nada. Él salía de su hermosa casita lila y llevaba un vistoso sombrero gris, un montón de libros en la mano, un lujoso coche rojo y otras veces una espléndida bicicleta azul y un reloj amarillo con multitud de sonidos. Tenía muchas cosas y nunca se quejaba de que le faltara nada.
Un buen día Alberto el banquero llegó a la puerta del colegio y gritó a todos los vecinos:
-Esta mañana me ha faltado mi reloj y resulta que fui a la biblioteca a leer el periódico y Ernesto tenía mi reloj. ¡Él es el ladrón!
-¿Seguro? -preguntaron los vecinos todos a la vez.
-Seguro. Lo hablaré con él.
Cuando Alberto fue a hablar con Ernesto, este ni lo escucho. Riéndose y mirando las revistas que llevaba en la mano le dijo:
-Este reloj es mío, no sé porque os inventáis eso. A mí no me importa nada de lo que os pase, así que no contéis conmigo.
Y diciendo esto, Ernesto se fue.
Alberto fue a hablar con Manolo el policía.
-Manolo, necesito que me ayudes. Desaparecen cosas y creo que es Ernesto. Necesito que investigues qué hay en su casa lila.
Manolo accedió y un día, temprano, cuando Ernesto se fue a la biblioteca, se fue
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